Me gusta la idea de la construcción del amor. Convierte a las parejas en agentes activos de sus relaciones en lugar de ser víctimas pasivas de los flechazos de Cupido. También, es cierto que la idea de construcción implica esfuerzo, estrategias, constancia, conocimiento, etc. Pero, ¿acaso no implican esfuerzo muchas otras cosas por las que luchamos? Por ejemplo, ser padres es un esfuerzo, y cada día hay personas que escogen ese esfuerzo. Lograr un ascenso en un trabajo también puede implicar más empeño, lo hacemos cuando nos compensa. Estudiar una carrera, implica esfuerzo, pero lo hacemos cuando merece la pena el objetivo. Enamorarse puede ser fácil, tan fácil como sentir y dejarse llevar. Amar, es más difícil porque implica un esfuerzo.

De este modo, una relación siempre se puede fortalecer o destruir, nadie se puede dormir en los laureles pensando que su relación es inmune al deterioro. En este sentido, la pareja puede escoger cómo se vincula. Cada persona es un mundo, la relación de pareja implica esos dos mundos pero no de forma natural, se logra de forma progresiva. Cuando uno escoge abrirse a la otra persona y, la otra persona le corresponde, se estrecha la relación. Por ejemplo, cuando contamos cosas tan sencillas como lo que hemos hecho durante el día o que nos apetece hacer el fin de semana, creamos lo que podríamos llamar un puente de comunicación entre nosotros y nuestra pareja. Cuando no nos abrimos, sino que nos guardamos con recelo, nos protegemos, creamos un muro. Los muros sirven cuando es necesaria la protección. Citando a Shirley Glass que hace uso de la metáfora de una casa para explicar las relaciones, el muro sirve para diferenciar el hogar, protegerlo y guardarlo. Pero si el muro se construye en medio de la casa, esta se divide e incomunica.

Os contaré la historia de Marcos y Laura. Llevan juntos más de diez años, pero ya desde hace seis años la relación dejo de ser lo que un día ambos deseaban. Se ven más bien poco porque los dos trabajan todo el día. Al llegar a casa Laura intentaba entablar conversación sobre cómo había ido el día. Se encontraba con que Marcos quería desconectar y ver la tele. Al final ella optó por dejar de contarle sus cosas. Se dedica a repasar cosas del trabajo o a leer por las noches. Cada vez se siente más distanciada de su marido y, paradójicamente, cada vez le afecta menos. Si ninguno de los dos hace nada por cambiar el rumbo, está relación no se quedará así, cada vez la distancia será mayor entre ambos y la posibilidad de una ruptura y de nuevas relaciones estará servida.

Al contrario de lo que mucha gente piensa, “no hacer nada”, en una relación de pareja ya es hacer algo. Es dejar que una relación vaya a la deriva. Y si no, pensad en el ejemplo de un barco en el que dos personas se suben y, después de navegar durante un tiempo, dejan de hacerlo. El “dejar de hacer” en este sentido sería una temeridad. Lo mismo ocurre en el amor. No importa tanto quién comenzó a distanciarse, sino qué hacen ambos miembros para volver a acercarse. El acercamiento y la autoapertura siempre es un riesgo, porque nos hace vulnerables al dolor, pero también es la posibilidad de poder sentir amor.

Así que la pregunta que os hago es ¿cómo construyes el amor? ¿Qué haces para crear puentes? ¿Has dejado que se construyan muros?

El desafío que os lanzo es hacia el esfuerzo de construir activamente y dirigir, cada uno desde su posibilidad y responsabilidad, el rumbo de la relación.

Feliz día de San Valentín, pero sobre todo, que sólo sea un día más de muchos de amor y no la excepción en la relación. Si quieres hacer cualquier comentario o solicitar terapia puedes escribirme a institutopareja@gmail.com, para más información visita nuestra web: www.ipareja.com