Este post es una continuación del anterior, para entenderlo mejor es recomendable haber leído el cuento de “las cálidas pelusas”.

Por Anna I. Gil Wittke

En el cuento de hadas “las cálidas pelusas” se introducen diferentes elementos de la comunicación. Al principio, cuando uno está enamorado, que suele coincidir con el inicio de la relación, ofrece fácilmente y de forma espontánea afecto a su pareja. Tristemente el roce del día a día no siempre es agradable, o al menos no es tan “mágico” como nos habíamos imaginado. Tras las decepciones, uno se vuelve más receloso a la hora de entregar “cálidas pelusas”. También se valoran menos las cosas que recibimos. Muchas veces se dan por hecho. Por ejemplo, sacar la basura, preparar la comida o ayudar al hijo con los deberes, se ven como cosas normales y no como algo que nos agrada de la pareja. En cambio es fácil exigir o reprochar cuando no se hace lo que dábamos por hecho o cómo esperábamos.

Lo que en el cuento se refleja es que a veces damos esperando recibir, o incluso desconfiando, y no de forma sincera y gratificante sino como esos “espinos cubiertos de pelusa”. A veces se mantienen las relaciones de este modo, pero eso no significa que sea satisfactorio. Al contrario, la sensación es de necesidad y frustración.

En terapia de pareja, usamos el término “gratificación” para hablar de lo importante que es ser consciente de las cosas que nos gustan de la pareja, pero sobre todo que el compañero sepa que nos agradan. Esto es una parte muy importante en la comunicación.

Por extraño que parezca, las parejas siguen descubriéndose después de años de convivencia. En terapia, a veces se sorprenden al escuchar a su cónyuge confesar el valor – mucho, poco o nada – que le dan a ciertos aspectos de su comportamiento. Por poner un ejemplo, un hombre que se agobiaba cuando, al llegar a casa, su mujer le contaba los problemas que había tenido durante su ajetreado día. Descubrió que ella sólo deseaba ser escuchada y comprendida, que de este modo se sentiría mucho más aliviada. Así, el no sentía la carga de tener que buscar siempre una solución. Conseguir que aquella persona a la que amamos se entere de nuestra valoración, es de vital importancia. No se puede pedir más de lo que uno está dispuesto a dar, es decir, no se puede pedir una “pelusa” a cambio de un “espino”. A muchos les cuesta dar porque sienten que son más vulnerables (que se pueden agotar sus cálidas pelusas). En cierto modo es así, nos exponemos a que nos rechacen al declarar nuestros sentimientos. Pero es también el único modo de poder ser correspondidos, de experimentar que el amor que damos vuelve a nosotros transformado en algo más grande. Cuando te proteges de ser dañado, evitando mostrar tus sentimientos, te “proteges” también de recibir lo bueno de compartir.

Me gusta como acaba el cuento, con la interrogación en manos del lector de si realmente asumiremos el riesgo de dar o, por el contrario, nos volveremos “precavidos”, vigilando siempre si nos dan suficiente, si nos tratan como deseamos. Aún entendiendo que es mejor dar “pelusas” de las de verdad, en la práctica requiere un esfuerzo. De niños nos enseñan a recibir, pero es de mayores cuando tenemos que hacer un esfuerzo consciente y dar. Ya no se trata de que pierdas tú para que gane yo, sino que si tú ganas, yo también gano, y es que dando ganamos los dos.