Se entiende por estrés aquella respuesta de activación que nuestro organismo realiza ante las demandas percibidas, en un intento de aumentar los recursos y así recuperar el equilibrio. Aunque a veces pueda no parecerlo, el ser humano tiene una tendencia natural a recuperar el equilibrio y para ello realizamos todo tipo de artimañas.

El estrés en si no es necesariamente negativo, es más, sin estrés no podríamos vivir porque no reaccionaríamos a tiempo ante un peligro o situación extraña. Se dice que el estrés tiene dos variantes. La primera, el estrés positivo o “eutrés”, hace que tengamos más motivación, que nos esforcemos más y que rindamos mejor. El estrés negativo o “distrés”, nos da una percepción muy grande de las demandas y mínima de nuestros recursos; provoca que nos bloqueemos o que rindamos pésimamente. El primer tipo activa en uno mismo sentimientos positivos como alegría, euforia, ganas de ganar, etc. El distrés, en cambio, desemboca en emociones negativas como rabia, miedo, desesperanza, etc. De este modo la habilidad para sentirnos mejor no es tratar de vivir sin estrés, sino conseguir que el estrés negativo se convierta en positivo y que, por consiguiente, el resultado de nuestro empeño mejore.

Hay que recordar que la relación de pareja está compuesta por dos personas, que cada una de ellas vive sometida a situaciones de estrés, y que no siempre se identifica la causa. Puede tratarse de cosas aparentemente “sin importancia”, pero que día a día hacen mella en la estabilidad del individuo. Cuando uno no es consciente de por qué siente estrés, es fácil que la tensión acumulada se descargue en alguien con quien tenemos confianza, como puede serlo nuestra pareja. Muchas veces traemos nuestra tensión externa y la volcamos en la relación, nos molestan esas “pequeñas manías”, esas “tonterías” y explotamos cuando no podemos soportar tanta carga.

Hay otras ocasiones en las que el foco principal del estrés no es externo a la pareja sino que se trata de la propia dinámica de relación. Sería el caso de esas personas que dicen estar bien hasta que llegan a su hogar; lo que supuestamente era un refugio se ha convertido en un campo de batalla.

En 1936 Hans Selye comenzó a usar el término estrés y, en concreto, definió un síndrome que lo caracterizaba: Síndrome General de Adaptación (S.G.A.). Distinguió tres fases en este proceso:

Reacción de alarma: es la primera respuesta del organismo ante el estresor; nos indica una demanda mayor.
Resistencia: si valoramos de forma positiva los recursos frente a la demanda, aumenta la resistencia por encima de lo normal y desaparece la reacción de alarma.
Fase de agotamiento: tras una larga y continuada exposición al tensor, la energía se agota y reaparece la reacción de alarma, sólo que esta vez sin posibilidad de desaparecer.
Trasladando esto a la pareja podemos entender que hay un primer momento en el que uno detecta que hay algo que no va bien, que las cosas ya no son como antes. Es lo que Selye llamo reacción de alarma. Entonces tiene lugar un intento, en muchas parejas, de “reconstrucción”o de reintentar que las cosas funcionen. Este esfuerzo no siempre se da por parte de los dos. Puede que uno se proponga que la relación funcione “sea como sea” y el otro aún no se haya dado cuenta de la primera fase, la reacción de alarma. Los que se esfuerzan y obtienen como resultado sentirse mejor en pareja, estarán satisfechos, pues sentirán la estabilidad que proporciona el equilibrio. Pero los que luchan y luchan sin lograr esa satisfacción puede que acaben “abandonando” y eso no siempre es sinónimo de separación o divorcio. Hay personas que abandonan manteniendo la relación de pareja. Esta sería la tercera fase del Síndrome General de Adaptación (S.G.A.), la fase de agotamiento. Hay quien expresa ese agotamiento con una profunda desesperanza, llegando a sentir que cae en una profunda depresión. Otros pueden reaccionar con rabia: todo les molesta, se sienten resentidos e injustamente tratados, sienten que sus esfuerzos no han sido valorados y se expresan con riñas, exigencias y reproches. Algunos optan por “no expresar”; tratan de pasar tiempo fuera de casa, de “pasar desapercibidos” ante su cónyuge; parece que hubieran perdido la motivación o que se sintieran impotentes.

Es importante detectar la situación de estrés antes de llegar a esta tercera fase, para evitar daños mayores en uno mismo y en la relación marital. Pero incluso si se llega a la tercera fase, se puede recuperar la armonía. El primer paso es comprender nuestro estado y permitirnos sentir, experimentar y expresar el agotamiento sin la exigencia de “querer ser como antes”. El segundo paso está en un cambio de percepción, de comportamiento. No podemos cambiar el pasado, pero si podemos re-interpretarlo y asimilarlo en nuestra experiencia personal. La ayuda de un psicólogo, ya sea individual o para la pareja, puede venir muy bien.

Todos podemos ayudarnos, detectando el estrés que nos provoca una determinada situación y tratando de convertirlo en positivo. Ponernos metas demasiado altas nos lleva a exigirnos demasiado a nosotros mismos y a los demás. Quizá, en lugar de tratar de ser buen padre o madre, esposo o esposa, amante, amigo, compañero, un profesional de éxito, etc., podríamos empezar por ser nosotros mismos, aceptando nuestros errores como parte del aprendizaje para lograr el éxito. Estamos en un proceso. Aceptarse a uno mismo ayuda a aceptar la vida y a los demás.