Es curioso ver como el ser humano es capaz de amar y odiar con la misma intensidad. Nos comprometemos a unirnos a una persona, en principio, “pase lo que pase”, con el amor como alianza. Sin embargo ante la ruptura de ese amor, no siempre se rompe del todo la unión. El dolor que nos han hecho puede provocar en nosotros sentimientos de odio y rencor que no son fáciles de quitar. ¿Por qué nos cuesta perdonar? ¿Por qué nos es tan difícil dejar a un lado la amargura de dolor? ¿Por qué tratamos de olvidar y cada vez nos cuesta más? ¿Por qué nos cuesta soltar? ¿Qué es lo que nos da miedo?

En consulta, veo con cierta frecuencia a personas que vienen sin su pareja para pedir apoyo y asesoramiento sobre la decisión de divorciarse. En concreto, recuerdo un caso en el que el marido vino diciéndome que ya no aguantaba más, que sentía que su mujer le había ridiculizado, que estaba harto, cansado y muy dolido. Dijo que lo que quería era divorciarse, que ya no había vuelta atrás, que lo tenía claro, pero no podía dar el paso sólo. Cuándo le pregunte que le gustaría que sucediera en su vida que le ayudara a estar mejor, me respondió de forma rotunda que, si su mujer le pidiera perdón y quisiera tratarlo de forma más cariñosa, el también cambiaría, la perdonaría y lucharía por la relación. Es decir, que lo que en el fondo quería no era divorciarse, como decía, sino que su mujer se diera cuenta de su dolor y le mostrara el amor que tanto anhelaba.

Perdonar significa desprenderse del daño que esa persona nos ha causado. Y a veces, el dolor, es todo lo que nos queda de alguien a quien hemos amado con pasión. Puede que en el fondo sepamos que nos desvincularemos de verdad si soltamos el dolor. Y quizá, aún conservamos la ilusión de que la relación hubiera funcionado de otra manera. Un deseo o una necesidad nos susurra que esperemos, que merecemos ser amados y que una injusticia así no nos puede haber sucedido a nosotros. El dolor, inevitable en la vida, nos advierte, nos protege y a la vez nos vincula. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero a nosotros nos gustaría que el daño lo repare quien lo causo. A lo mejor nos da miedo olvidar, pero perdonar no significa olvidar. Es más bien no tener en la cuenta pendiente lo que esa persona nos hizo. A veces no podemos esperar a que quien nos hirió nos pida perdón, porque no sucederá. Y si seguimos esperando sabemos que nos quedaremos en el lugar dónde nos lastimaron, donde nos abandonaron, donde nos decepcionaron. Cuando nos quedamos en ese lugar corremos el riesgo de que pase el tiempo y nos frustremos más aún, si cabe, con quien nunca volvió a pedir perdón, con el mundo que no comprende el dolor que sentimos y nos dice que “eso ya es agua pasada” y al fin al cabo con nosotros mismos por no poder avanzar.

Iniciar una relación amorosa puede ser algo maravilloso y es algo que por fortuna podemos escoger. Cuando esa relación termina también podemos decidir. Cuando vivimos el presente con resignación la experiencia es desagradable porque nos resistimos a algo inevitable que no escogemos. Cuando aceptamos lo que ha sucedido estamos decidiendo, tomamos las riendas y podemos soltar.

A veces no abandonamos el dolor porque lo consideramos una penitencia por la culpa que sentimos. Puede que esa culpa ni siquiera sea consciente. Pero, a lo mejor, la relacionamos con algo que hicimos anteriormente. Recuerdo una vez en la que una mujer estaba sufriendo por la agresividad constante de quien era su pareja en ese momento. Este hombre la ridiculizaba continuamente frente a los demás. Ella se sentía paralizada, incapaz de defenderse. Tras algunas sesiones en terapia descubrió que en el fondo se sentía así porque se seguía sintiendo culpable por haber sido una adolescente muy rebelde. Con su padre se llevaba bien, pero no se dio cuenta del daño que le hacía a su madre cuando la ridiculizaba frente a sus familiares y la tachaba de “pesada y anticuada” frente a sus amigas.

Puede que el dolor sea todo lo que nos queda de esa persona a la que amamos, pero quizá sea el momento de escoger. Avanzar supone un esfuerzo porque no tenemos garantías en un cien por cien de que vayamos a tener éxito. Escoger es un riesgo que implica una pérdida de lo que abandonamos pero una ganancia de algo más valioso, aunque sea el perdón, autonomía, o caminar en una nueva dirección. Perdonar es desvincularse. Decir adiós al pasado es una forma de saludar y abrazar el porvenir.

Un sólido egoísmo protege del amor, pero al final hay que ponerse a amar para no caer enfermo, y se cae enfermo cuando no se puede amar.

Freud.