Hace poco, tuve la oportunidad de hablar con un hombre que rondaría los 80 años. Me sorprendió la admiración y deseo profundos que mostraba cuando me hablaba de su mujer. Después de tantos años, se sonreía al decir que llevaba más tiempo vivido en pareja que soltero. Afirmaba haber sabido escoger cuando se casó con la que hoy sigue siendo su mujer.

Los psicólogos que trabajamos en terapia de pareja vemos por lo general a parejas que se sienten insatisfechas con su situación. Muchas veces los matrimonios llegan casi rotos, aún no han firmado el divorcio pero ya se han separado hace tiempo en sus corazones, construyendo vidas totalmente independientes.

Lo cierto es que no hace falta ser psicólogo para darse cuenta de la situación de desgaste que se repite en tantas parejas. A veces parece que las relaciones fuesen una especie de lotería, dónde las probabilidades de que te toque “la felicidad en pareja” es muy reducida. Mucha gente se desanima tras varios intentos, deciden abandonar y vivir sin arriesgarse a sufrir, o bien, continuar con la deprimente relación en la que viven, abandonándose a la idea de “es lo que me ha tocado”.

La pareja, como digo muchas veces, es algo dinámico, se construye o destruye día a día. Es interesante ver algunos de los factores en esa construcción. En está ocasión, me gustaría hablar sobre dos conceptos que considero importantes: la idealización y la admiración.

Es curioso como parejas que empiezan con mucha pasión, entrega y deseo, se evaporan rápidamente tras las primeras decepciones. La ilusión fue muy grande y ahora la decepción de lo que pudo haber sido y no es duele intensamente. El enamoramiento puede ser un estado maravilloso, pero también es un momento en el que uno parece vivir hipnotizado, sugestionado y excesivamente dispuesto a creer lo que deseamos que sea. Nuestras primeras experiencias con el amor y la decepción se trasladan al vínculo que establecimos con nuestros padres. Las carencias y heridas que llevamos de esa época son las que más tarde arrastramos a nuestra pareja. Buscamos encontrar quien supla esa necesidad. Por eso quizá decimos cosas como “es mi otra mitad”, “es la pieza que encaja conmigo” o “es la persona que siempre soñé”. Estas frases denotan cierta nostalgia del pasado, de huecos que se quedaron sin cubrir. Muchas veces buscamos que la persona que hemos conocido cumpla nuestros deseos de ser como nos gustaría que fuera. Esto es precisamente lo que hace la idealización. El proceso de idealizar es aquel que eleva las cosas más allá de lo real. La frase que mejor lo refleja es la de “ es mi pareja ideal”.

En la idealización no sólo situamos a nuestra pareja en una posición irreal, sino que le cargamos con el legado de cumplir nuestro deseo, de ser quien nos gustaría que fuese. Esta situación se puede mantener más o menos tiempo, pero finalmente uno acaba siendo como es y nos despertamos a la realidad de lo que tenemos en ese momento. Este despertar muchas veces se vive como un amargo desengaño. Para que ocurra el amor tiene que darse una transformación sustancial. Hay que pasar del ideal indestructible a la realidad de dos amantes con debilidades, flaquezas y enterezas. El amor acepta las carencias del otro así como las propias.

He visto como las parejas que atraviesan el tiempo y siguen apasionados, enamorados de alguna manera y satisfechos, son amantes que se profesan una profunda admiración. La admiración es ver y tener en estima a alguien por virtudes que consideramos especiales o extraordinarias. Saber valorar y considerar a una persona no siempre es fácil, sobre todo cuando las arrugas están marcadas por el paso del tiempo en compañía. La tendencia natural parece que fuera precisamente la contraria. Enseguida juzgamos, reprochamos o exigimos. Tendemos a fijarnos en lo que nos falta, en lo que no nos gusta. Esto es fácil de ver. Cuando uno se siente insatisfecho con su relación, fácilmente señala los defectos del otro. En cambio cuando preguntas por cómo se conocieron, cómo era cuando estaban enamorados, etc.; a muchos les brillan los ojos contando sus sentimientos, ilusiones y recordando cómo era su relación entonces y lo maravilloso de su amante. La admiración profunda y sincera es vital como ingrediente para que la relación perdure y además se viva de forma gratificante. Obviamente no es el único. Es importante que esta admiración sea mutua. Para ello es primordial sentirse uno válido, importante y merecedor de amor.

Damos de lo que tenemos, por eso cuando nos sentimos valiosos podemos valorar al otro. Un ejercicio que os propongo es el de buscar cada día una virtud que valoráis en vuestra pareja y tenerla en cuenta durante la interacción. Siempre podemos encontrar algo digno de admirar en otra persona sin caer en la idealización. Somos agentes activos en la construcción del amor.